Seguidores de Donald Trump, antes del debate en Nashville.
Seguidores de Donald Trump, antes del debate en Nashville.Mark Humphrey / AP

Había coches que hacían sonar el claxon para apoyar a los numerosos seguidores de Donald Trump que se concentraban esta tarde de jueves a la entrada del salón de actos de la Universidad de Belmont, donde se debía a celebrar el segundo y último debate presidencial entre el presidente y Joe Biden en la ciudad de Nashville (Tennessee). En silencio, los que conducían por el campus y no eran partidarios del mandatario republicano sacaban un erguido dedo corazón por la ventanilla, es lo que en Estados Unidos se dice “give the middle finger”. En España le llaman hacer “la peineta”.

Entre pitidos y gestos obscenos transcurrían las horas. Con personas, personajes y caricaturas. John dice que es pastor “de sus ovejas”, entre las que cuenta a su mujer que está a su lado, y da gracias al coronavirus a través de un megáfono, ya que el virus ha venido a “limpiar el mundo de homosexuales, comunistas, pederastas…”. La lista es infinita. ¿Por qué apoya John el pastor a Trump? Pues porque está en una misión divina para “devolver a América a sus principios de pureza”.

Junto al pastor, Melinda y Michael Granholm habían colocado una enorme pancarta roja sobre la valla de seguridad que dicta la distancia de hasta dónde se puede llegar, a partir de ahí es terreno prohibido solo accesible a quienes tienen autorización. Las ordenanzas mandan que se puede protestar, pero no se puede colgar nada. Dos agentes de policía, armados hasta los dientes, se acercaron intimidatorios para pedir educadamente al matrimonio Granholm que retiraran la pancarta. Lo hacían sin rechistar. “Ley y orden”, explican. “Respetamos la ley y el orden”, dice la señora. “Esa seguridad desaparecerá si el socialista Biden llega a la Casa Blanca, la infiltrará de extrema izquierda”.

Las calles estaban cortadas, algunas de forma tan pueril como colocar en el medio un típico autobús escolar amarillo cruzado. Los chequeos en puestos de control con perros policías a los coches a manos de equipos de seguridad eran realizados quienes no eran agentes del orden, pero tampoco se identificaron como servicio secreto. El debate presidencial se respira en la cuna del country, incluso en la famosa Broadway, con un bar seguido tras otro con música en directo desde el mediodía que se mezclaba una con otra hasta hacerse incomprensible ninguna. Corre el bourbon. Del Honky Tonk cuelgan enormes banderas a favor de Trump. No existía absolutamente ninguna, en ningún establecimiento, del Partido Demócrata. No hay duda de que Donald Trump lleva más de 13 puntos de ventaja a Joe Biden en el Estado de Tennessee.

Mary, Ellis, Courtney y Pamela salían del Legends Corner. Venían de celebrar, pasado el mediodía, el cumpleaños de Pam; ya han bailado y ahora Ellis saca de su bolso una gorra roja, la famosa gorra roja que proclama Make America Great Again. “Nadie volverá a robarnos nuestro país”, dice Ellis. “Trump va a ganar y va a acabar el trabajo que ha empezado”. Juntas inician el ascenso por Broadway a la espera de un Uber que les lleve a la Universidad de Belmont.

La música hacía imposible hablar con nadie. Las mascarillas no ayudaban a la comunicación aunque protegen de la pandemia, pero era elemento obligatorio para acceder a cualquier establecimiento, por muy antro que sea el local. En la calle, el espectáculo era otro. Los seguidores de Trump han adoptado la doctrina del mandatario y llevan con orgullo ir con la cara descubierta en un país con más de 223.000 muertes. El ritmo no cesa en la ciudad en la que murió Johnny Cash antes de que le tocara, según dicta la esperanza de vida.

Albert y su prometida, Jenna, iban con prisa. Se paraban a hablar lo justo para decir que esperan que sus hijos hereden el país que está construyendo Trump. Se les escapa el autobús que les llevará a Dollytown, un parque temático propiedad de la cantante Dolly Parton en la zona de las Rocosas en Knoxville. “Claro que veremos el debate, pero antes vamos a divertirnos”, se despiden entre risas. Albert lleva una camiseta con la bandera americana. Jenna un estrecho top con la cara de Parton.

Este último debate era una fiesta en la calle. Lo que sucederá cuando se enfrenten cara a cara Trump y Biden está por ver. En el campus de la Universidad desde luego ha habido una discusión más civilizada que la que se vivió en el primer encuentro entre ambos políticos. Dylan -demócrata- conversa con calma con Deborah -republicana. Acababan por concluir que ninguno va a convencer al otro pero que es necesario evitar la polarización que divide como nunca al país.

Joyce había sido durante horas la única persona con una camiseta y una pancarta a favor de Joe Biden. Terminó por irse. Aunque en su camino fue increpada por una joven contraria a la interrupción voluntaria del aborto que mostraba unas imágenes muy difíciles de digerir sobre supuestos niños fruto de abortos. “Yo también estoy a favor de la vida”, le explica Joyce a la joven. “Pero la vida se cuida no solo cuando se está en el vientre, hay que garantizar una vida decente después”, prosigue Joyce. Pero su frase final está por llegar: “¿Me pregunto cuántos abortos habrá pagado Trump?”, le dice a la joven, acusando al presidente de Estados Unidos de “hipócrita” y “peligro para la nación”.

Empezaba a caer la noche y entraban y salían muchas personas de los bares. El Broadway de Nashville es siempre un espectáculo. A veces un espectáculo cruel, con los rincones -que nadie ve- de los negocios abandonados llenos de personas envejecidas, sin hogar, que una vez soñaron con estar en el escenario del Grand Ole Opry, la meca del country a la que le quedan pocos años para ser centenaria. Las banderolas a favor de Trump se movían bajo un viento suave. Quedaba apenas una hora para el último debate de 2020. La música seguía. De hecho, no había parado. Ni lo hará una vez concluya el debate y Tennessee vote masivamente a Donald Trump.

Suscríbase aquí a la newsletter sobre las elecciones en Estados Unidos





Source link