Han tenido que saltar los brotes de coronavirus en el Segriá o los incendios en los asentamientos de temporeros en Huelva para volver a fijarnos, fugazmente, en la realidad invisible de la inmigración. A menudo es solo una fría cifra de pateras, de personas sin nombre rescatadas en el mar, o, aún peor, el objetivo descarnado de la inquina de alguna opción política.

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