Stephan Ernst (derecha), acusado de asesinar al político conservador Walter Lübcke en 2019, escucha a su abogado, Mustafa Kaplan, el miércoles ante el tribunal superior de Fráncfort.
Stephan Ernst (derecha), acusado de asesinar al político conservador Walter Lübcke en 2019, escucha a su abogado, Mustafa Kaplan, el miércoles ante el tribunal superior de Fráncfort.KAI PFAFFENBACH / AFP

El asesinato del Walter Lübcke, el político conservador que defendió la integración de refugiados, conmocionó a Alemania hace poco más de un año. Estaba en la terraza de su casa en Hesse, al oeste del país, cuando recibió un disparo mortal en la cabeza. Durante semanas se especuló que fuese un asesinato y poco después quedó claro que fue así y que obedeció a motivaciones xenófobas. Este miércoles, el ultraderechista Stephan Ernst, principal acusado, ha confesado ante un tribunal que fue él quien le mató. “Disparé”, ha reconocido, según la declaración leída por su abogado ante el tribunal regional superior de Fráncfort.

La confesión de este neonazi de 46 años llega en un momento en el que cunde la preocupación en Alemania ante el auge de la violencia de extrema derecha y después de destaparse casos de extremistas infiltrados en las fuerzas de seguridad. El último informe de la Oficina para la protección de la Constitución, los servicios secretos internos, cifra en 32.000 los extremistas de derechas en el país, de ellos, 13.000 estarían dispuestos a utilizar la violencia, lo que supone un incremento respecto al año anterior. El ministro de Interior, Horst Seehofer consideró el mes pasado que “el extremismo de derechas, el antisemitismo y el racismo siguen siendo las mayores amenazas para la seguridad de Alemania”.

La Fiscalía considera que el asesinato del que se acusa a Ernst y a su cómplice, Markus Hartmann, de 44 años, estuvo motivado por el racismo. Ahora Ernst pedido perdón ante el tribunal. “Lo que hicimos H. y yo es imperdonable. […] Nadie debe morir por tener una opinión diferente”, dijo dirigiéndose a la familia del político asesinado, para después considerar que se trató de un crimen “cobarde y cruel”. Ernst había confesado al inicio del proceso, para después retractarse.

Ernst y Hartmann estuvieron presentes en un acto en el que Lübcke defendió la política de la canciller, Angela Merkel, que permitió la entrada de más de un millón de refugiados en 2015. Quien no estuviera de acuerdo con las decisiones del Gobierno, podía irse del país, dijo entonces el político local, representante del centro derecha. Sus palabras dieron pie a una cascada de amenazas procedentes de círculos ultraderechistas. Cuatro años más tarde, su hijo le encontró la noche del 2 de junio con un tiro en la cabeza en la terraza de su casa cerca de Kassel, al oeste de Alemania.

El relato del acusado indica que llegaron a casa de Lübcke poco después de las diez de la noche. Una vez allí, un destello del móvil del político alertó a los presuntos asesinos de su presencia. Ernst se acercó y le disparó desde una distancia corta.

Ataque a una marcha sindical

Movidos por la xenofobia, Ernst y Hartmann, conocidos en los entornos neonazis, se habían entrenado en el uso de armas de fuego. Hartmann habría proporcionado el arma del crimen a su cómplice y habría alimentado la xenofobia del hombre que disparó, según la versión de este último. Ernst ya había sido detenido en 1993 por atacar con explosivos contra un centro de refugiados y había participado en 2009 en una agresión colectiva de neonazis contra una marcha sindical en Dortmund. Pero desde entonces, la policía le había perdido la pista.

Ernst asegura que heredó la xenofobia de su padre, cuya aprobación buscó a toda costa. Cuando estuvo en la cárcel, asegura, acabó de radicalizarse. Ahora dice que quiere participar en uno de los programas de desradicalización de neonazis que existen.



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